Coronavirus en Argentina: la cuarentena económica o la energía por el piso - Clarín

Hay una panorámica durísima sobre el impacto de la cuarentena en la economía que Alberto Fernandez no podrá desmentir, ni atribuir a "especuladores que juegan con el malestar de los argentinos"

o a quienes, dice, anteponen sus intereses a la vida de la gente. No se trata de palabras: son datos, datos puros.

Analizan el consumo de electricidad de los grandes usuarios en actividades clave, o sea, el comportamiento de una variable que funciona igual a un termómetro.

La información cuenta que después del saque de abril, mayo arrancó con una caída en la demanda industrial de energía del 39%, otra del 17% en comercio, alimentación y servicios y 23% en petróleo y minería. Durante abril, la baja en la industria había oscilado entre 41,6 y 52,4%; fue del 12% en comercio, alimentación y servicios y del 8% en petróleo y minería.

Cuando se la desagrega por regiones, la caída del consumo industrial de electricidad anota marcas impresionantes, como un 74,3% en el Noroeste y 71,7% en el Litoral, lo cual equivale a decir poco menos que producciones paralizadas. Para el Gran Buenos Aires las cifras señalan un rojo del 39% y otro del 22% en el comercio.

Valen un par de detalles que, visto el conjunto, resultan más que detalles: los retrocesos de 2020 comparan con 2019, cuando la demanda había retrocedido 8,8% luego de retroceder 10% en 2018. No es un trabalenguas sino un proceso similar al de prácticamente toda la economía, que ya venía hundiéndose antes de que la agarrara el coronavirus.

¿Y por qué esos datos sobre la depresión del consumo quedarían al margen de algún "no mientan más" del Presidente? Sencillamente, porque son oficiales y provienen de un organismo rigurosamente técnico: de Cammesa, la empresa mixta o paraestatal que administra el mercado mayorista de electricidad y maneja Esteban Kiper, un economista muy cercano a Axel Kicillof. Tienen el valor de la información objetiva, siempre útil para saber dónde se está parado de verdad y actuar en consecuencia.

Fernández tampoco podrá ningunear sin costos afirmaciones del tipo: "Desde que se implantó la cuarentena las ventas de naftas de YPF cayeron aproximadamente 75%, un 45% las de gasoil y 95% las de fuel oil". O cuestionamientos a la imposibilidad de trasladar a los precios el incremento del 30% que el Gobierno aplicó en el impuesto a los combustibles líquidos.

¿Y cuál sería el obstáculo esta vez? Que las observaciones fueron hechas por Guillermo Nielsen, el presidente de la petrolera con mayoría estatal designado por Fernández. Aparecen junto a otras, en un mensaje a los accionistas.

Nielsen advirtió, además, que la salida de la crisis local e internacional "no será tan rápida como todos deseamos". Consecuencia directa: expuso la decisión de revisar todos los planes de inversión y los gastos de capital, con "el objetivo absoluto para este año de preservar la caja de la compañía". Esto se llama achicarse para mantenerse en pie.

De cosas parecidas hablan en estudios y consultoras de primera línea. Dicen en uno de ellos, dirigido por dos ex Banco Central: "Nuestro filón, hoy, es intervenir en la refinanciación de deudas de compañías muy apretadas. Tenemos mandatos de varias y le estamos dedicando a ese trabajo dos días a la semana".

Otro coletazo de la crisis, también explotado por los consultores, es la concentración de la economía. Empresas ahogadas, casi en la lona, que son adquiridas a bajo precio por quienes antes eran sus competidores.

Ya está claro que, por la parte que le toca, la estrategia del Gobierno para la economía consiste sobre todo en aguantar, aguantar hasta que la pandemia haya sido controlada y jugar a fondo con la emisión. Bombear plata en cantidades ilimitadas para bancar desde una parte de los salarios privados y entregar bonos a familias y monotributistas, hasta distribuir alimentos en las zonas más necesitadas. Estamos hablando de $ 731.000 millones de pesos en lo que va del año y hablaremos de muchísimos más a medida que avance el año.

Y en el mar de cuestiones que van acumulándose para la post pandemia, hay una con forma de dilema, del tipo costo-beneficio, que Fernández debe resolver pronto: si va hacia el default o si busca evitar el default. Obviamente no es lo mismo una cosa que la otra, pero si la elección pasa decididamente por arreglar con los bonistas, el Gobierno deberá mejorar la oferta. Se entiende, mejorarla no maquillarla.