En el Día del Medio Ambiente: Parecen como de fábrica - El Divisadero

“Están exquisitas estas galletas. Parecen de fábrica”.

Llueve copioso acá en el campo, con esa lluvia insistente, omnipresente, que como sólido velo de infinitas y tenues gotas humedece todo lo

que bajo su manto se cobija. El verde del pasto es más intenso, el ocre de la tierra más oscuro y el rojo de los ñires refulge con más entusiasmo. Y la tenue luz diurna ad portas el solsticio, temprano deja caer el telón.

El viento tempestuoso se disfraza del Uber que transporta existencias y las vidas inician su recogimiento para enfrentar el frío que desembarca. Bajas temperaturas que como seguro existencial guarecen el agua allá en lo alto, esa agua que irrigará los valles llegada ya la primavera.

Debajo del pavimento alguna vez hubo vida, dije hace un par de columnas, recordando que el imperio de lo artificial ha traído beneficios al ser humano. Ya la muerte no acecha a la vuelta de la esquina, aunque la modernidad (y la política, y la prensa, y el vecino) se esfuerce en recordarnos nuestra permanente fragilidad. Las 3,8 millones de muertes/ 173 millones de contagios por Covid desde que en 2019 se desencadenara la pandemia así lo confirman. Cifras que en Chile se transforman en 1,43 millones de contagiados/30 mil muertes. Y 6.450/43 en Aysén.

Están exquisitas estas galletas. Parecen de fábrica” dije en más de alguna ocasión cuando se me ofreció un bocado casero, doméstico, dando a entender que la mecanización, la masividad, la artificialización son el estado ideal. Anhelable. Natural.

Están exquisitas estas galletas. Parecen de fábrica” me encontré lanzando con ironía en estos días preinvernales. Como esas longanizas sin gusto a cerdo y el yogur menos ácido que el natural que ofrecen las corporaciones de la alimentación. No, de la alimentación no. Del negocio de la comida, los sentidos y la satisfacción. Da lo mismo el costo.

Como una bofetada de realidad, la crisis sanitaria nos ha devuelto a reflexionar sobre aquellos temas que eran nicho de soñadores. De tanto teletrabajo y telereunión, volver al contacto persona a persona, los espacios abiertos, la naturaleza, se ha vuelto un imperativo. Una necesidad.

Emerge así la importancia de la principal fábrica del planeta: la naturaleza, que desde hace millones de años genera las condiciones para sustentar la vida. Aunque mi amigo Peter me corrija el concepto. Y razón tiene. Los ecosistemas no son una fábrica, son procesos interconectados.

Una de las causas hoy es la batalla contra la simulación. La subsidiariedad de lo artificial, le hemos llamado. Que no es dejar de transformar la naturaleza a todo evento, es simplemente vivir con el constante zumbido que nos dice que ante la encrucijada de intervenir o no los ecosistemas, optemos por lo segundo. Mientras nos sea posible.

Un buen punto de partida es incorporar al lenguaje y a la acción el sentido de lo exquisito de lo manual, de lo natural. Y si me esperan un poco, de lo que alberga una menor huella ecológica, menor huella hídrica.

En el fondo, dejar de boicotear día a día, segundo a segundo, esa hermosa, esencial, pero no eterna ni inagotable, fuente de vida que es la naturaleza.

Mal que mal, este fin de semana fue el Día Mundial del Medio Ambiente, que es mucho más que hablar de electromovilidad, pellet a base de insectos para alimentar animales o el último negocio verde que a alguien hará millonario/a.

Este sentido de vida también precisa llevarse a la Constitución, para que nos dote de un marco institucional que no castigue ni cohíba, que fomente e impulse, otras formas de hacer. Porque al final del día, y dadas las crisis ecosistémicas y climática, el que hemos llevado adelante como especie no es particularmente el mejor.

Sentido común que ponga de moda otra frase: “Están exquisitas estas galletas. Parecen hechas en casa. Y basado en lo natural”.